El ejército, las víctimas, el Fiscal general y el Clingendael

Fiscal Mario Iguarán durante la conferencia en La Haya, 22 de junio 2009

Fiscal Mario Iguarán durante la conferencia en La Haya, 22 de junio 2009

Una frase quedó resonando de la visita del Fiscal general de Colombia, Mario Iguarán, esta semana en La Haya. El señor fiscal dijo que una de las instituciones más queridas en Colombia es el Ejército. (la frase no es textual) ¿Será cierto esto?

Antes de seguir adelante, una breve explicación del contexto en el que se produjo la frase: el fiscal habló ante un público compuesto en su mayoría por personal diplomático sobre el rol central de las víctimas en el proceso de Justicia y Paz en Colombia. En Holanda, el país en donde está la sede de la Corte Penal Internacional, el tema tiene obviamente mucho interés. Y a Colombia le interesa, obviamente también, que se le reconozcan internacionalmente los méritos en el proceso de aplicación de la justicia por crímenes de lesa humanidad y reparación de víctimas. Pero, después de la presentación del fiscal, y de algunos comentarios hechos por los presentes, quedó claro que el único mérito clave parece ser el hecho mismo de haberse creado el instrumento jurídico que ha permitido poner en marcha el proceso. No es poca cosa, es cierto, que haya una ley, pero en lo que a reparación de víctimas se refiere, y a pesar de que ya van cerca de cuatro años de proceso, el gobierno no tiene aún casi nada positivo que presentar. Más bien al contrario. Hace pocos días la llamada Ley de Víctimas que cursaba en el Congreso colombiano se hundió con ayuda del sector uribista. Para algunas precisiones que ayudan a esclarecer por qué se cayó esta ley, y cómo el (querido) ejército tiene también ahí su parte en juego, recomiendo la lectura de un excelente artículo sobre el tema en Razón Pública.

Fue en este contexto, pues, hablando sobre víctimas, – ¡nada menos! – que el fiscal soltó la frase de que el ejército es la institución ‘más querida’ de los colombianos. Entre paréntesis, todavía me pregunto, por qué el fiscal escogió el término ‘querida’. Por qué no dijo, por ejemplo, ‘respetada’, que habría resultado, quizás, más apropiado, más convincente. La gente respeta por lo general todo lo que significa poder. El poder de las armas. Aunque también es posible imaginar el respeto hacia el soldado que arriesga su vida a diario en las selvas del país. ¿Pero, amor?

A menos que se trate de un amor masoquista. Precisamente la semana anterior estuvo de visita en Colombia el señor Philip Alston, Relator Especial de Naciones Unidas para las Ejecuciones Arbitrarias. Durante su visita el Relator pudo constatar lo que todo el mundo sabe en Colombia: que hay un conflicto armado, y que tanto las FARC como los grupos paramilitares siguen activos, con todas las consecuencias que esto tiene. Pero además, se refirió a cosas embarazosas para el régimen: que las matanzas del ejército colombiano mal conocidas como ‘falsos positivos’ no son actos aislados sino operaciones sistemáticas de “asesinato a sangre fría y premeditado de civiles inocentes…” cometidos por importantes unidades militares. Lo dicho, si es amor, debe ser perverso.

Yo no sé si el ideal de un ejército en cualquier parte del mundo es hacerse amar por la gente. Lo que sí es seguro es que en Colombia, un país en donde en muchas regiones la gente le tiene tanto miedo al ejército como a la guerrilla y a los paramilitares, estamos bastante lejos de ese punto.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar la sorpresa que me causa el hecho de que el muy respetable Instituto Clingendael coauspiciador de la conferencia del Fiscal, no haya contribuido a animar alguna forma de debate sobre el tema. El facilitador del Clingendael dejó la impresión de que esa institución o no conoce a Colombia, o no le importa, y que ese tipo de eventos sólo tienen un carácter social y diplomático para cumplir con algunos compromisos. Un mínimo de crítica, no con el ánimo de destruir o de hacer daño al conferencista, sino de promover una discusión y de mandar la señal de que en el país de la CPI estamos siguiendo lo que pasa en Colombia, y contribuir de este modo a presionar más cambios en el buen sentido, es lo que habríamos esperado de un think tank de la categoría del Clingendael.

Amira Armenta

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