El poder del narco en un contexto de pobreza

Foto Radio Santafé

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El escritor mexicano Carlos Monsiváis publicó hace unos meses un excelente artículo sobre la cultura narco en México. De manera muy precisa el autor examina allí cómo el narcotráfico ha transformado la vida en ese país.

De ese artículo, reproduzco aquí dos párrafos relativos a lo que significa la transformación que ha generado el narco en la vida campesina en las regiones mexicanas en donde se cultiva marihuana y amapola. Dada la similitud con la situación de los cultivos de uso ilícito en algunas regiones de Colombia, no es descabellado encontrar también enormes parecidos en la influencia de una cultura del narcotráfico en el mundo rural y en la sociedad colombiana en general.

Dice Monsiváis que, “El narcotráfico ha alterado trágicamente las comunidades campesinas, como denotan el índice de muertos y detenidos [...] los desastres económicos que suceden a la vigilancia policíaca, el fracaso de los cultivos alternativos. En esta “guerra de baja intensidad” no hay ni descanso ni posibilidades de tregua. El desastre de la Reforma Agraria y el empobrecimiento y la lumpenización en el campo, obligan a un número significativo de comunidades a usar de los recursos a su alcance, al margen de las consecuencias, porque eso evita o pospone lo más atroz: la miseria extrema”. El autor podría estar refiriéndose a la región del Catatumbo colombiano, o a las montañas del departamento de Nariño, o a los municipios del Norte de Antioquia, y a tantos otros. La única diferencia podría ser que en muchas de las regiones colombianas, particularmente en el último año que se ha intensificado la ofensiva a las FARC, la intensidad de la guerra es bastante menos baja.

Y sigue diciendo Monsiváis, “A los campesinos y pobres urbanos el narcotráfico les ofrece la movilidad social de un modo veloz y casi sin escalas. De no ser por el narco, ¿hubiesen conocido los capos y los aspirantes a sucederlos la fastuosidad y las vibraciones del poder ilimitado? [...] Los agricultores o comerciantes pobres, los vagos, los clasemedieros a la deriva, tras unos años de ilegalidad reaparecen al mando de ejércitos pequeños y probadamente leales. ¿De qué otro modo este tipo de gente podría ascender con tal velocidad y contundencia? ¿Qué otra profesión les daría dinero a raudales, desfogues imaginables e inimaginables, tuteo con los poderosos, mando de legiones de exterminio, el gozo de manipular el miedo y la avidez de jueces, políticos, funcionarios de la seguridad pública, industriales…”.

Ahora que en Colombia el narcotráfico parece estar atravesando por una fase de transición –con la desparición de los últimos jefes del cartel del Norte del Valle- este retrato del narco como figura de origen rural o urbano pobre que se levanta hasta convertirse en gran capo tiene mucha relevancia. Eso fueron ‘Don Diego’ ‘Don Berna’, ‘Macaco’, ‘Jabón’, ‘Rasguño’ y tantos otros que en su momento comenzaron desde abajo sirviendo a los jefes anteriores del narcotráfico hasta que pasaron ellos mismos a ocupar sus lugares. Destronado el cartel del Norte del Valle, es muy posible que ahora surja una nueva generación de capos, gente como la que describe Monsiváis.

Se dice que el negocio de la droga se ha atomizado en Colombia, que hoy día no existen grandes consorcios sino múltiples pequeñas redes explotando cada una por su lado sus fuentes y salidas. Esta circunstancia, que no afecta para nada el movimiento del negocio pues los volúmenes de droga siguen fluyendo, podría comenzar a cambiar en cualquier momento. Como sugiere el investigador Gustavo Duncan, la situación de muchas regiones sumidas en el abandono ofrece las condiciones para que en Colombia la historia se repita, y los nuevos narcos –una nueva generación de donbernas y dondiegos- vayan adquiriendo cada vez más poder en un pueblo, en una región, y este poder se vaya consolidando económicamente en propiedades, y en el control de las esferas de la seguridad y de la política. Esta es la historia reciente de Colombia en la que el narcoparamilitarismo de las regiones llegó a controlar el treinta por ciento del Congreso colombiano. Nada ha cambiado en Colombia desde la entrega de los capos del narcoparamilitarismo hace un par de años como para creer que el poder de narco es cosa del pasado. Un buen, y triste, ejemplo de ello se puede apreciar en el proceso de reacomodamiento de las mafias que se vive en la ciudad de Medellín.

Así como ocho años de Plan Colombia no han logrado reducir el número de toneladas métricas de cocaína exportada, tampoco se puede esperar que la Iniciativa Mérida logre frenar el narcotráfico y poner fin a la guerra sin cuartel por el control del negocio en ese país. Estos ambiciosos y militarmente multimillonarios planes lo único que han logrado es que los cultivos se desplacen, incluso que se hagan más eficientes –en Colombia ahora con menos hectáreas de coca se produce la misma cantidad de cocaína- que los narcos se vean obligados cada cierto tiempo a modificar sus estrategias (ahora mandan la droga en submarinos). Y finalmente, como mucho han logrado que unas mafias sean reemplazadas por otras.

¡Es la pobreza, estúpidos! Se le podría decir a los gobernantes de países como México y Colombia. Pero, si entendemos bien a Monsiváis, no es la pobreza simplemente. Sino la pobreza allí por donde ha estado presente el narco, allí donde han quedado los rastros de una cultura de la ilegalidad, del dinero fácil, y de unos hábitos de consumo que difícilmente se pueden saciar con los ingresos ínfimos que dejan las actividades lícitas en un marco de abandono estatal.

Amira Armenta

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2 comentarios

  1. Your blog is interesting!

    Keep up the good work!

  2. La diferencia entre Colombia y México es que en el primer pais la unica revolucion ha sido la del narcotrafico.

    Va un calido saludo, Amira. Se te lee.

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