La liberación de los secuestrados abre una nueva esperanza para la paz

La noticia de la liberación de Ingrid Betancourt, de los tres contratistas estadounidenses y de un grupo de miembros del ejército y la policía colombianos ha sido registrada con júbilo en todos los medios de prensa del mundo. El equipo del programa Drogas y Democracia del TNI se une al regocijo que ha suscitado en todas partes la liberación del grupo. La forma impecable como se produjeron los hechos ha sido clave en el reconocimiento del operativo de rescate. Porque como dijera la misma Ingrid Betancourt en una de sus primeras declaraciones públicas, aquélla no fue una misión de guerra sino una misión de paz.

En un país como Colombia enredado en un violento conflicto desde hace tantas décadas, una de las lecciones que se podría extraer del éxito de este operativo es la de que una labor paciente de inteligencia puede ser más efectiva (y menos costosa en destrucción material y humana) que un bombardeo indiscriminado. La violencia siempre produce rechazo. No por nada las autoridades militares que participaron en el rescate hicieron notar repetidamente y con mucho orgullo que todo se había producido sin derramar una sola gota de sangre. Pues ese fue quizás el mayor éxito de esa extraordinaria acción en un país que se desangra a diario en su conflicto.

El rescate limpio de los 15 secuestrados puede verse como ejemplo de cómo la logística militar puede ponerse al servicio de acciones que no necesariamente deban desencadenar en la violencia. En este sentido hay que reconocer el papel esencial que ha venido jugando desde hace tiempo la comunidad internacional en su presión al gobierno del presidente Uribe para que le dé prioridad a las salidas negociadas por encima de las militares. Ante el clamor de las familias de los secuestrados, de las organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, de los gobiernos de numerosos países de Europa y Latinoamérica, el gobierno colombiano sabía que no podía lanzarse a un acto similar al bombardeo del 1 de marzo en la frontera ecuatoriana. Y lo consiguió.

Esta debe ser la línea a seguir. La vida de las personas, no sólo la de los rehenes (como en este caso) sino la de los residentes en las zonas de conflicto, e incluso los combatientes a uno y otro lado de la batalla debe quedar garantizada al máximo. Hay que seguir presionando al gobierno colombiano para que se persista en la búsqueda del diálogo. En estos momentos, con una clara ventaja sobre la guerrilla, el gobierno está mejor posicionado que nunca para dar los pasos necesarios para propiciar el diálogo. La guerrilla, por su parte, debe reaccionar cuanto antes a los numerosos llamados que se le vienen haciendo desde diversas instancias colombianas y de la comunidad internacional y reconocer lo absurdo de una lucha armada que no ha logrado en todos estos años sino sumir a las regiones en el caos.

A pesar del enorme sufrimiento de todos estos años, Ingrid Betancourt ha vuelto con un discurso de reconciliación y de paz. Ojalá las FARC la escuchen, así como también deben escuchar al presidente Chávez y a todos los que son susceptibles de tener alguna influencia sobre las opiniones de la guerrilla y que últimamente los han llamado a que abandonen las armas.

En estos momentos, ésta es una posibilidad bastante realista. Dar el primer paso está en manos de la dirigencia fragmentada y debilitada de una vieja guerrilla en descrédito. Pero el gobierno debe tener claro que la paz no se hará solamente con la desmovilización de la guerrilla. La situación de descomposición del agro colombiano a la que ha llevado tantos años de abandono estatal, de acción del narcotráfico y de los grupos armados no se resolverá automáticamente sólo porque dejen de existir las FARC. Sin una verdadera revisión de las políticas agrarias que garanticen una mayor justicia social y económica en el campo, y sin un cambio esencial en las políticas frente a los cultivos de uso ilícito, el riesgo de que aparezcan nuevas bandas al estilo de las ‘águilas negras’ (ahora de ‘izquierda’) en pelea por el control de zonas y rutas para el narcotráfico seguirá siendo grande.

Amira Armenta

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