¿La responsabilidad de quién?

Photograph PR The Guardian

Comentario a propósito de la exposición fotográfica “Shared Responsibility” que está promocionando la Vicepresidencia de Colombia en Europa para llamar la atención en ese continente sobre el perjuicio que causa la producción de drogas en el medio ambiente.

 La Vicepresidencia de la República está promocionando una campaña antidrogas en Europa titulada “Shared Responsibility” (Responsabilidad compartida). La idea es que, por medio de fotografías que muestran el desastroso impacto de la producción de coca sobre el medio ambiente, los europeos se sientan también un poquito responsables y lo piensen dos veces la próxima vez que se les ocurra comprar unas rayas de cocaína. Entre otras cosas, porque esa raya de cocaína de apariencia tan inocente, habría sido producida a costa de la pérdida de un par de hectáreas de bosques colombianos.

Aunque nadie pondría en duda las buenas intenciones de la Vicepresidencia de la República, el mensaje final de esta campaña de ‘concientización’ de los europeos –la muestra viajará por diferentes ciudades de Europa a lo largo del año- es bastante más problemático de lo que a primera vista parece. La campaña termina en realidad culpabilizando de la tragedia ambiental, -lo que llama un ‘ecocidio’- al eslabón más débil de la cadena de las drogas, el campesino productor, mientras ignora completamente la complejidad del tema y las consecuencias nefastas (entre las cuales este ‘ecocidio’) que han derivado directa o indirectamente de las absurdas políticas de drogas que se aplican en Colombia.

Me explico: a finales de la década de los ochenta, Estados Unidos decidió adoptar una nueva estrategia para enfrentar el problema de las drogas en el mundo. EEUU decidió que en vez de atacar a las drogas en su tránsito hacia los países consumidores, había que atacarla en el lugar mismo en donde se producían, en los países de origen. Ahí comenzó la famosa ‘iniciativa andina’ destinada a erradicar en su totalidad la producción del arbusto de coca en los países del área, concentrando así toda su fuerza y recursos en los campos de coca y contra el campesinado cocalero. Ahora han pasado casi veinte años desde que comenzara tal estrategia y si le damos una mirada a las estadísticas(1), nos damos cuenta de que sus resultados no pueden haber sido más catastróficos: en 1988 había en los tres países andinos productores menos coca que la registrada a finales de 2006; y ahora se produce casi el doble de cocaína en toneladas métricas de lo que se producía a finales de los ochenta. Esto para hablar nada más de la producción. Por el lado del consumo, la ‘guerra a la droga’ que impone el gobierno estadounidense en el mundo tampoco ha producido resultados de los que pueda estar precisamente orgulloso.

La campaña del Vicepresidente Francisco Santos está perfectamente a tono con esta concepción de enfrentamiento a las drogas en su origen que desde hace dos décadas tiene al campesino en la mira. Indudablemente que la producción de coca, por la deforestación que genera y por el uso irresponsable de químicos nocivos para el medio ambiente (y de los cuales son los mismos campesinos las primeras víctimas), tal como se realiza, en condiciones de ilegalidad, esta afectando la biodiversidad de Colombia. Esta es una realidad incontestable. Pero a las autoridades antinarcóticos colombianas más les convendría preguntarse por las causas que llevan al campesino a involucrarse con un cultivo ilegal poniendo en riesgo su propia seguridad, y en consecuencia ponerse a hacer algo para evitarlo.

El verdadero problema, a pesar de las apariencias, no es que los cocaleros destruyan las selvas, el problema se sitúa antes: puesto que el campesinado no encuentra en el Estado el apoyo que necesita -y que un Estado responsable está obligado a brindarle- para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación y vivienda, se ve obligado a adentrarse en las selvas y dedicarse a la única actividad que le produce un ingreso suficiente para sobrevivir.

Y si la preocupación de la Vicepresidencia es la biodiversidad, entonces porqué no abogar también porque se suspendan definitivamente las fumigaciones de los campos de coca con el herbicida glifosato, que genera también una acción devastadora sobre el medio ambiente y la salud. Por qué la exposición no muestra que asperjar con glifosato es como echar gasolina en un incendio, para después pretender que es lo mejor que hay para apagar el incendio. ¡Cómo se les pudo ocurrir a las autoridades antinarcóticos una solución tan descabellada! Si los campesinos se portan de manera irresponsable con el medio ambiente, lo mismo se podría decir de las autoridades antidrogas.

Los consumidores, el otro eslabón débil situado al otro extremo de la cadena de la drogas, son los segundos culpables, según la exposición. Cada vez que consumen un gramo de cocaína “borran cuatro metros de selva tropical”. El simplismo de esta muestra ha llevado a que se estigmatice precisamente a los dos grupos que ponen las víctimas, mientras no se habla para nada de la buena parte de culpa que se llevarían los que deciden las políticas antinarcóticos, las estrategias erradas, si se miran los resultados, que nos imponen a todos, y mientras el tema del narcotráfico pasa a un segundo plano.

Vuelvo a decirlo, yo no pongo en duda las buenas intenciones del señor Vicepresidente de Colombia. Pero ojalá alguien le haga caer en cuenta de que su exposición “Shared Responsibility” está mandando un mensaje equivocado que no ayuda a comenzar a solucionar el problema sino al contrario, contribuye a que sigamos atrapados en él. Ni los cocaleros andinos, ni los amapoleros afganos, ni los junkies de Londres o Nueva York tienen la culpa. Son las políticas de drogas que venimos sufriendo desde hace décadas las que están acabando con las selvas tropicales colombianas, y con muchas cosas más en Colombia. La torpeza de la llamada guerra a las drogas ha servido para agravar el conflicto colombiano, ha erosionado las instituciones de la sociedad. Colombia se ha convertido en una especie de narcodemocracia.

Si se comenzara, mejor, a pensar en establecer formas de regulación a la producción de coca –una producción limpia y controlada- si se planteara un debate en este sentido con gobiernos europeos y los de otras naciones latinoamericanas, estaríamos quizás mejor encaminados para ponerle fin a la devastación de los bosques y al vertimiento de desechos químicos en los ríos como consecuencia de una producción sin control destinada a enriquecer el narcotráfico. La única manera de acabar con la producción de coca es haciendo la cocaína irrelevante. Pero mientras esto sucede, lo mejor que se puede hacer es procurar que se produzca limpiamente.

Amira Armenta

…………..

(1) Ver: http://www.tni.org/policybriefings/brief25s.pdf P.2

2 comentarios

  1. […] impacto de la produccin de coca sobre el medio ambiente, quieren hacer pensar a los europeos. Amira Armenta cuestiona a fondo esta campaa en un excelente artculo que recomiendo. Los dejo con los dos ltimos prrafos […]

  2. Amira, nada más claro que el argumento que expones.

    Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: