Los ‘éxitos’ de la guerra

Foto El EspectadorEn el tema de la solución al conflicto colombiano se expresan básicamente tres tendencias. La que piensa que lo que se necesita es más guerra; la que por el contrario piensa que el problema es la guerra y lo que urge es más desarrollo, y la que propone una combinación de ambas cosas. En este artículo intento hacer una reflexión sobre la primera.

A pesar de las numerosas críticas que se hacen desde la comunidad internacional al gobierno del presidente Uribe debido a los frecuentes escándalos que han acompañado su administración, hay un punto que no pocos (pues no solamente el gobierno estadounidense) insisten en reconocerle a favor: el éxito del enfoque militarista de la ‘seguridad democrática’. Los elogios se fundamentan en las cifras que saca a relucir el gobierno para justificar los avances militares. Ahora las carreteras son más seguras, se han reducido considerablemente las tasas de homicidio, se ha dado de baja a importantes jefes de las FARC, se ha desmantelado importantes unidades guerrilleras y se han interumpido en general rutas clave de la guerrilla.

Es decir, que cuerpos como la Unión Europea y los países miembro que mantienen proyectos de cooperación con Colombia por drogas parecen hacer el siguiente razonamiento: el presidente Uribe pudo haber estado relacionado de algún modo en el pasado con el narcotráfico, pudo haber tenido contactos con paramilitares, buena parte de sus aliados políticos están enredados en el narcoparamilitarismo, pudo haber comprado la primera reelección por tanto no ser un legítimo presidente, pero sus golpes a la guerrilla son indiscutibles. Validando con esto a continuación el argumento militar del gobierno. Esta apreciación ha ganado tanto terreno internacionalmente, que incluso el último informe sobre Colombia del International Crisis Group resalta este punto positivamente.

Sin el ánimo de aguar la fiesta, a los que llevamos años observando la realidad colombiana nos queda la impresión de que algo importante no se está considerando en este aplauso a los logros militares del gobierno. A pesar de la enorme ayuda militar estadounidense que llegó con el Plan Colombia y que representó una ampliación y modernización del ejército colombiano, un examen a los programas militares aplicados por el primer período de Uribe (2002-2006), arrojaría más bien conclusiones lamentables sobre las capacidades del ejército para frenar a la guerrilla. El llamado “plan patriota” uno de los pilares importantes de la seguridad democrática aplicado en esos años, ha sido ampliamente criticado incluso por analistas de seguridad cercanos al gobierno. La Fundación Seguridad y Democracia produjo en su momento varios informes críticos a este plan, sus escasos resultados y las consecuencias que generó desplazando la guerra a otras regiones más sensibles.

Un vistazo objetivo a esos primeros cuatro años de Uribe rebelaría más bien un fracaso militar. Como lo señala Francisco Leal en un comentario reciente en la prensa colombiana, “La ausencia de un pensamiento estratégico se tradujo en graves fallas. En el primer cuatrienio de gobierno, el mando operativo careció de capacidad para diseñar un plan de guerra eficaz y controlar las veleidades militares del Presidente. Esto acarreó altos costos económicos, y sobre todo humanos, incluido el acoso a la población civil. Un balance de costo-beneficio rajaría a los diseñadores y ejecutores del Plan Patriota”. Las graves repercusiones de la guerra sobre la población civil es un aspecto que, si bien señalan, aparece relegado a un segundo plano en los análisis del país que hacen algunos observadores internacionales. Un aumento del desplazamiento de población no es señal de más seguridad sino de menos. No nos podemos limitar a ver las estadísticas de la seguridad en las grandes carreteras, también hay que ver lo que pasa en la pequeñas, en los caminos de herradura y en las veredas.

Es así que, excluyendo los primeros cuatro años, los ‘éxitos’ del gobierno sobre las FARC se habrían producido particularmente en el segundo período, más específicamente a partir de 2007. Y aunque tampoco estos ‘éxitos’ recientes están exentos de crítica -como lo señala Leal en el mismo artículo, han estado marcados por el fenómeno de los falsos positivos en el interés de presentar un alto número de guerrilleros muertos para generar una imagen de eficiencia- han representado indudablemente duros golpes a las FARC. Las cabezas del Negro Acacio, Iván Ríos, Martín Sombra, Raúl Reyes, y el caso más reciente de la guerrillera Karina, son, sin duda, ganancias importantes del ejército (Karina dijo que las FARC estaban ‘resquebrajadas’). No es de extrañar que en los próximos meses caigan más cabezas de las FARC, que se presenten más casos de deserciones, que se deshagan por físico agotamiento y aislamiento otras unidades de la guerrilla, que la acción combinada de la inteligencia y las recompensas produzcan otras escenas espectaculares que le darán la vuelta al mundo como nuevo éxito del presidente Uribe en su lucha contra el terrorismo local.

Independientemente de que se consideren éxitos o fracasos, la política de seguridad del gobierno suscita al menos dos grandes interrogantes: el primero, ¿la enorme inversión logística, económica y humana que ha hecho el país en la guerra desde el comienzo del Plan Colombia queda compensada con estos logros? Y segundo, ¿se justifican algunos de estos progresos militares (como el ataque al campamento de Raúl Reyes) a pesar de que se producen, como bien lo señala también el informe del ICG, “a expensas del grave deterioro de las relaciones con Ecuador y Venezuela”? 

En el primer caso, es posible que mucha gente en Colombia y en el mundo crean que las cabezas de varios jefes de las FARC y el ‘resquebrajamiento’ de la guerrilla bien valen los miles de millones de dólares invertidos en entrenamiento y tecnología para la guerra, más el costo humanitario de millones de campesinos desplazados a lo largo de estos ocho años, más el abandono estatal en el que permanecen tantas regiones en Colombia que en estos ocho años habrían podido beneficiarse de esos miles de millones de dólares de haber sido el Plan Colombia no un plan de guerra sino un plan de paz y desarrollo. A quienes así piensan, quizás les convendría hacer un balance de la relación costo-beneficio a ver qué resulta.

La segunda pregunta sería más dudosa de defender. A nombre de la seguridad, el ataque a los campamentos de las FARC en Ecuador ha conseguido sobre todo poner en riesgo la seguridad regional. En vez de buscar una cooperación con esos países con los que se comparten largas fronteras semi abandonadas, la acción militar del gobierno de Uribe no sólo ha complicado más el panorama del conflicto sino que lo ha ampliado regionalmente, de un modo que, de no corregirse por las vías diplomáticas, difícilmente podrá echar marcha atrás. Tal como están hoy las cosas, las consecuencias de esta internacionalización del conflicto colombiano son todavía impredecibles.

Colombia todavía está a tiempo de comenzar un proceso de diálogo y cooperación con los países vecinos. Por todas las declaraciones que ha hecho desde el principio el presidente Correa sobre las FARC está claro que su gobierno prefiere distanciarse de cualquier compromiso político (y por supuesto militar) con las FARC. El gobierno colombiano debería valorar este enfoque y aproximarse en buenos términos a Ecuador. En el caso venezolano, luego de las revelaciones de los computadores de Reyes, muchos observadores nacionales e internacionales han señalado repetidamente el riesgo que existe de que las FARC encuentren refugio y acogida en Venezuela. De ser esto así, el gobierno colombiano tendría todavía más razones para buscar llegar a acuerdos con el presidente Chávez. A pesar de las apariencias, en estos momentos no es Venezuela quien juega el verdadero rol desestabilizador en la región, sino Estados Unidos con su secular injerencia en el hemisferio y su intromisión militar justificada en la guerra al narco-terrorismo.

En un precioso artículo de opinión titulado My land, my pain en el Herald Tribune del 14 de mayo, el músico judío Daniel Barenboim describe su relación con su país de adopción, Israel, a propósito del sexagésimo aniversario del Estado de Israel. Barenboim señala cómo después de 1967 la influencia de EEUU en Israel comenzó a hacerse más fuerte hasta conseguir transformar el conflicto del Medio Oriente en un instrumento de la política mundial. Si el gobierno colombiano no le abre las puertas a otro tipo de soluciones –soluciones que excluyan a los Estados Unidos- el conflicto colombiano podría quedar instrumentalizado por intereses políticos internacionales. Los Andes podrían convertirse en un nuevo foco internacional de la ‘guerra al terrorismo’.

 Amira Armenta

Una respuesta

  1. yo vivo en colombia, y yo si veo todo, yo lo conosco he hablado con el y el es un hombre correcto el mismo, habla personalmente con los coroneles generales militares y con los de la policia ninguno de los flojasos que han habido de presidentes habian hecho eso, el ha mejorado este pais, y a un idiota como ud se le ocurre escribir una mano de estupideses sobre el, sabiendo que el es un hombre trabajador, hasta le queda tiempo para trotar por la mañana con sus guarda espaldas, el si es un lider que piensa en su gente y a invertido el dinero en cosas para el pueblo como colegios, hospitales etc.
    no como chavez,bush etc. que han invertido es en la guerra, y dicen que buscan paz el que busca paz NO INVIERTE EN GUERRA asi que deje de joder a uribe y digale personalmente lo que tenga que decirle no sea cobarde.

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