El violín, una película mexicana que podría ser colombiana

Vi la película El violín hace unos meses en un festival de cine mexicano en Amsterdam. La sala estaba llena y recuerdo que al final salimos todos con el sentimiento de que acabábamos de ver una buena película pero que nos dejaba invadidos de una profunda tristeza. No me había vuelto a acordar de la película hasta hace unos días leyendo en el Ecoportal una entrevista con Abel Barrera, director de Tlachinollán, una organización de derechos humanos en el estado de Guerrero, México. Una entrevista sobre la marginación y militarización de los pueblos indígenas de la region de La Montaña. Leyéndola, me pareció que volvía a ver El violín.

Recuerdo también que alguien dijo sobre la película, eso no parece que fuera México sino Colombia. Y cuando Abel Barrera dice en alguna parte de la entrevista que “En los últimos 15 años … se ha intensificado la militarización con el pretexto del combate al narcotráfico y los saldos son negativos, porque la siembra de enervantes sigue a la alza y el movimiento de resistencia de los pueblos indígenas se encuentra ahora acorralado por la militarización y la criminalización de la protesta….” refiriéndose al movimiento de los campesinos de Guerrero, bien podría estar hablando de la reciente protesta de los campesinos colombianos en el norte del departamento de Antioquia, o de la protesta de las comunidades indígenas de Tierradentro en el departamento del Cauca, y de tantas otras que suceden en Colombia.

México se parece a Colombia. En los dos países hay regiones en las que se viven situaciones similares. Ahí están los cultivos de uso ilícitos. En La Montaña de Guerrero la gente está dejando de sembrar maíz para sembrar adormidera para opio, dice Barrera. En Colombia, los cultivadores han dejado de sembrar yuca o café para pasarse a la coca. Otro punto en común es el de la militarización del campo para atacar los cultivos y a las guerrillas. Y del mismo modo, en la medida en que ha ido creciendo esta militarización ha ido en aumento también el empobrecimiento de la gente, los maltratos de la fuerza pública, y la falta de respeto del Estado a los derechos colectivos de las comunidades indígenas y campesinas en general. Tanto en México como en Colombia, algunas comunidades han sido saqueadas -en Colombia incluso desplazadas de sus tierras- desmanteladas sus economías comunitarias, con el fin de imponer megaproyectos para atraer la inversión. La comunidad afrocolombiana del departamento del Chocó no tiene en esta materia nada que envidiarle a los indígenas de Guerrero.

Y para redondear el símil, en ambos países se aplican las mismas políticas antidrogas, que aunque no funcionan, las respectivas autoridades insisten en seguir aplicando. Mientras tanto la situación en el campo se sigue deteriorando. Mientras tanto, el narcotráfico no sólo ha penetrado la sociedad y sus instituciones sino que en muchas regiones de ambos países coexiste como forma paralela de poder. “Los ciudadanos que vivimos en los estados más pobres, constatamos que siguen intactas las redes del narcotráfico y más bien se ha fortalecido su poder que crece a la sombra de los cuerpos de seguridad. Los saldos son que hay más violencia, mayor inseguridad, más pobreza y magros resultados en la estrategia militarista de contener al crimen organizado”, dice también Barrera. 

Cuándo van a comenzar a darse cuenta de que no es con más armas sino con auténticos programas de desarrollo económico y social que van a lograr que don Plutarco, el violinista de la película, y su hijo Genaro y su nieto Lucio no tengan necesidad de apoyar a los guerrilleros de la región. Porque entonces ya no habrá más guerrilleros en la región. La excelente reconstrucción y ambientación de una realidad rural mexicana, el miedo de una gente que apenas sobrevive en medio de la violencia y de una pobreza que parece que existe desde siempre, han sido quizás algunas de las razones que le han hecho ganar a El violín varios premios en importantes festivales internacionales en Miami, Cannes y en México. A los funcionarios de los gobiernos, especialmente a aquellos que se encargan de decidir las políticas, no les haría mal ir con más frecuencia al cine a ver este tipo de películas.

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