Qué tienen que ver los éxitos militares con la paz

Photo CIP

Uno de los argumentos más fuertes que se esgrimieron contra el Plan Colombia en sus inicios en 2000 fue el del extremo desbalance entre los fondos destinados a la ayuda militar y los destinados al desarrollo social y económico. A lo largo de todos estos años de Plan Colombia, se han evidenciado las consecuencias de este desbalance. Mientras la guerra se intensificó y se extendió a otras regiones, no se podría decir lo mismo de las condiciones de vida de la población de esas mismas regiones, las cuales, por el contrario, se fueron degradando.

El Plan Colombia no ha dado tampoco los frutos esperados en materia de narco cultivos y en general de la narco actividad, que era el principal objetivo, no hay que olvidarlo, de esa enorme estrategia. Sin embargo, dado que en el último año en particular, el gobierno colombiano ha logrado redondear importantes éxitos sobre la guerrilla de las FARC, el tema de los narcóticos ha quedado neutralizado en el éxito militar, con el presupuesto de que si se golpea a la guerrilla se golpea también el narcotráfico. Un argumento poco sólido cuando todo el mundo sabe que si la guerrilla desaparece de alguna región cocalera al día siguiente hay otro grupo usufructuando el negocio en su lugar. El fin de la guerrilla no es el fin de los narcóticos.

Pero el arrinconamiento en el que las fuerzas militares colombianas han puesto a las FARC dejan la impresión –entre la opinión pública internacional y la opinión pública urbana de Colombia- de que el campo colombiano se encuentra a punto de lograr una paz esquiva desde hace más de cuatro décadas. Y no hay nada más lejos de la verdad. Para que haya paz en el agro colombiano se va a necesitar mucho más que una victoria militar sobre la guerrilla o que un (bienvenido) acuerdo de paz con la dirigencia de las FARC. Lo hemos dicho en éste y en otros foros reiteradas veces: mientras no se ponga en marcha un proceso de reforma que garantice la justicia social y económica de las comunidades campesinas, una justa redistribución de la tierra, la implementación de programas de desarrollo alternativo sostenibles en condiciones de garantizar un paulatino abandono de los cultivos ilícitos, las regiones seguirán sumidas en el conflicto.

Mientras todo el mundo conoce las noticias de alto perfil relacionadas con el conflicto colombiano -como el ‘rescate’ o ‘liberación’ de los secuestrados más famosos, hecho que se interpreta como un éxito de la política de seguridad democrática del presidente Uribe, es decir, un éxito del Plan Colombia- casi nadie se entera de hechos graves, pero de bajo perfil, que suceden a diario en los campos colombianos y que también podrían interpretarse como un desmentido a los éxitos de esas políticas.

Son numerosas las comunidades rurales que sufren la violencia que genera el contexto de injusticia social y económica en el que viven. Entre éstas, las comunidades más golpeadas tradicionalmente son las de los pueblos indígenas que habitan el territorio colombiano. Bajo el gobierno de Uribe, la situación de muchas de estas comunidades, que con las garantías que les daba la Constitución colombiana de 1991 habían obtenido importantes logros, se ha deteriorado visiblemente. El abuso cotidiano a los derechos humanos y civiles de estas comunidades resalta especialmente en estos días de euforia en que Colombia celebra el final feliz de una misión. Pero para los indígenas Nasa del Norte del Cauca, por ejemplo, las historias suelen terminar menos alegremente. La Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca – ACIN viene pidiendo desde hace tiempo, de manera pacífica, que se respeten sus derechos a la vida y al territorio. A estos pedidos el gobierno ha respondido con golpes, amenazas, señalamientos, e incluso asesinatos.

La masiva ayuda militar que da el gobierno estadounidense a Colombia no ha servido para construir la paz. [Aprovecho para recomendar el excelente sitio web Just the Facts mantenido por las organizaciones estadounidenses WOLA, CIP y LAWG, que ofrece todos los detalles de la asistencia en seguridad y defensa que ofrece EEUU a los países latinoamericanos. Como se puede apreciar, Colombia ocupa un lugar preponderante). Ocho años después del inicio del Plan Colombia, el éxito de la misión del pasado 2 de julio puede tomarse como una señal del avance militar del gobierno colombiano. Pero no necesariamente como un avance de la paz.

Amira Armenta

La otra mitad de la verdad

Iván Cepeda - Portavoz de las vãtimasEl Latin America Working Group Education Fund ha publicado recientemente un informe titulado “The Other Half of the Truth” (todavía no ha sido traducido al español) dedicado a la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación para las víctimas de la violencia paramilitar. El informe examina el marco de la desmovilización paramilitar y las limitadas oportunidades de verdad, justicia y reparación que éste ha ofrecido hasta la fecha. Además, resalta el trabajo de activistas de derechos humanos, periodistas, miembros del estamento judicial y víctimas, que han presionado a lo largo de todos estos años a favor de que al menos se conozca la verdad.

La liberación de los secuestrados abre una nueva esperanza para la paz

La noticia de la liberación de Ingrid Betancourt, de los tres contratistas estadounidenses y de un grupo de miembros del ejército y la policía colombianos ha sido registrada con júbilo en todos los medios de prensa del mundo. El equipo del programa Drogas y Democracia del TNI se une al regocijo que ha suscitado en todas partes la liberación del grupo. La forma impecable como se produjeron los hechos ha sido clave en el reconocimiento del operativo de rescate. Porque como dijera la misma Ingrid Betancourt en una de sus primeras declaraciones públicas, aquélla no fue una misión de guerra sino una misión de paz.

En un país como Colombia enredado en un violento conflicto desde hace tantas décadas, una de las lecciones que se podría extraer del éxito de este operativo es la de que una labor paciente de inteligencia puede ser más efectiva (y menos costosa en destrucción material y humana) que un bombardeo indiscriminado. La violencia siempre produce rechazo. No por nada las autoridades militares que participaron en el rescate hicieron notar repetidamente y con mucho orgullo que todo se había producido sin derramar una sola gota de sangre. Pues ese fue quizás el mayor éxito de esa extraordinaria acción en un país que se desangra a diario en su conflicto.

El rescate limpio de los 15 secuestrados puede verse como ejemplo de cómo la logística militar puede ponerse al servicio de acciones que no necesariamente deban desencadenar en la violencia. En este sentido hay que reconocer el papel esencial que ha venido jugando desde hace tiempo la comunidad internacional en su presión al gobierno del presidente Uribe para que le dé prioridad a las salidas negociadas por encima de las militares. Ante el clamor de las familias de los secuestrados, de las organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, de los gobiernos de numerosos países de Europa y Latinoamérica, el gobierno colombiano sabía que no podía lanzarse a un acto similar al bombardeo del 1 de marzo en la frontera ecuatoriana. Y lo consiguió.

Esta debe ser la línea a seguir. La vida de las personas, no sólo la de los rehenes (como en este caso) sino la de los residentes en las zonas de conflicto, e incluso los combatientes a uno y otro lado de la batalla debe quedar garantizada al máximo. Hay que seguir presionando al gobierno colombiano para que se persista en la búsqueda del diálogo. En estos momentos, con una clara ventaja sobre la guerrilla, el gobierno está mejor posicionado que nunca para dar los pasos necesarios para propiciar el diálogo. La guerrilla, por su parte, debe reaccionar cuanto antes a los numerosos llamados que se le vienen haciendo desde diversas instancias colombianas y de la comunidad internacional y reconocer lo absurdo de una lucha armada que no ha logrado en todos estos años sino sumir a las regiones en el caos.

A pesar del enorme sufrimiento de todos estos años, Ingrid Betancourt ha vuelto con un discurso de reconciliación y de paz. Ojalá las FARC la escuchen, así como también deben escuchar al presidente Chávez y a todos los que son susceptibles de tener alguna influencia sobre las opiniones de la guerrilla y que últimamente los han llamado a que abandonen las armas.

En estos momentos, ésta es una posibilidad bastante realista. Dar el primer paso está en manos de la dirigencia fragmentada y debilitada de una vieja guerrilla en descrédito. Pero el gobierno debe tener claro que la paz no se hará solamente con la desmovilización de la guerrilla. La situación de descomposición del agro colombiano a la que ha llevado tantos años de abandono estatal, de acción del narcotráfico y de los grupos armados no se resolverá automáticamente sólo porque dejen de existir las FARC. Sin una verdadera revisión de las políticas agrarias que garanticen una mayor justicia social y económica en el campo, y sin un cambio esencial en las políticas frente a los cultivos de uso ilícito, el riesgo de que aparezcan nuevas bandas al estilo de las ‘águilas negras’ (ahora de ‘izquierda’) en pelea por el control de zonas y rutas para el narcotráfico seguirá siendo grande.

Amira Armenta

La otra cara de la coca

Coca is not a drug - Foto Nick BuxtonMientras la prensa colombiana y la internacional han dado un enorme despliegue al último informe de la Organización de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito ONUDD que destaca un aumento de los cultivos de coca en los países andinos en 2007, bastante menos atención se le ha prestado al tema de la revalorización de la hoja de coca que adelantan algunas instancias. La coca no siempre ha terminado convertida en cocaína. Es más, esa transformación de la hoja en clorhidrato de cocaína es un hecho relativamente reciente dentro una larga historia del uso de esta hoja considerada vital para numerosas comunidades ancestrales de la América andina.

Para destacar esto último es que en los últimos años han venido surgiendo diversas iniciativas cuyo objetivo es mostrar la otra cara de la coca. Una cara más auténtica respaldada en siglos de consumo sano, para el que ahora, además, se abren otras posibilidades. Una industrialización y una comercialización reguladas de los más diversos productos extraídos de la hoja de coca podrían llegar a convertirse en una sana fuente de desarrollo de comunidades indígenas y campesinas de los tres países andinos. 

Es con esta perspectiva que en Bolivia, bajo el lema de ‘coca y soberanía’, se vienen realizando desde hace varios años ferias internacionales de la hoja de coca. O que el pasado mes de marzo, en el marco de la Feria Alimentaria de Barcelona, una de las más importantes del Mundo hubo un stand dedicado a productos extraídos de la coca, representativos del enorme potencial de esta planta. Y que en Colombia el Cabildo indígena de Cerro Tijeras organiza un festival gastronómico de la coca del 3 al 5 de julio. Tal como lo anuncian los organizadores del festival, se trata de exponer las alternativas gastronómicas, económicas y de soberanía alimentaria que ofrece la hoja de coca.

Debido a la torpeza de las políticas que se aplican hoy día contra las drogas en general -y contra la coca en particular a pesar de no ser ella misma una droga- en países como Colombia, la coca ha quedado encerrada en un contexto de guerra, y de conflicto social y humano. La extensión exagerada de los cultivos de coca y su canalización hacia el narcotráfico terminaron por atribuirle una carga negativa a la hoja de coca convirtiéndola por ende en objeto de un monitoreo con fines represivos. Esta es la cara más conocida de la coca: la de los enormes campos cocaleros que un día van a llegar en forma de un polvo blanco a las narices de los consumidores en otras partes del mundo; y la que, en ese proceso, genera enormes ingresos a las mafias de narcotraficantes y de ‘terroristas’ en medio de un escenario de violencia.

La comunidad de Cerro Tijeras quiere mostrar que la coca puede ser también un símbolo y una realidad de paz y desarrollo. Por eso sería bueno que los representantes en Colombia de la Oficina de la Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito se dieran esos días un viajecito por el Cauca, y se acercaran a escuchar por ejemplo la exposición de Fabiola Piñacué, que se va a referir en el festival al tema de las posibilidades de la coca en la cocina, o dialogaran con la ecóloga Dora Troyano quien lleva años dedicada a investigar y trabajar en temas de coca con las comunidades ancestrales. De este modo, quizás, además de publicar su informe anual sobre la extensión de los cultivos de coca, la producción de cocaína y las actividades del narcotráfico, la UNODD comenzara a ver la utilidad de promover los usos sanos de una planta que, a pesar de todos los programas de erradicación que le apliquen, no va a desaparecer de la faz del planeta.

Amira Armenta

Coca is not a drug - Foto Nick Buxton

Por motivo de viaje…

Este blog no será actualizado durante el resto del mes de junio.

La coca también se come y se bebe…

mate de cocaEn el mundo hay todavía mucha gente que piensa que la coca y la cocaína son la misma cosa. Hace unos días, en una reunión social a la que me invitaron unos amigos latinoamericanos, a los dueños de casa se les ocurrió ofrecer después de la comida un té de coca. Coca Imperial, decía la caja, que los amigos acababan de traer del Perú. Con la sorpresa de que a casi todos los invitados –y no sólo a los europeos sino a otros latinoamericanos- aquello les sonó en primera instancia escandaloso. ¡Té de cocaína! Exclamó una de las señoras, casi sin atreverse a agarrar la papeleta con la bolsita de coca no fuera a ser que se le narcotizaran los dedos.

Pues bien, esa es la realidad. Además de la ignorancia sobre la coca, esta planta debe soportar el estigma de su derivado más conocido, la cocaína, y toda clase de malentendidos. Por eso da gusto enterarse de que la gente más conocedora de los temas sobre la coca, las comunidades indígenas de los países andinos, están dedicadas a dar a conocer y promocionar en lo posible la verdad sobre esta planta que hace parte de sus culturas desde hace siglos.

 Quiero destacar aquí en particular el Festival gastronómico de la hoja de coca en el departamento del Cauca (Colombia), cuyos organizadores – El Cabildo Indígena de Cerro Tijeras -  dicen en el epígrafe a su invitación, “ …  Nasa Esh no debe ser fumigada, son los miedos, las culpas y la avaricia del hombre moderno lo que necesita ser erradicado”. Con lo cual quieren manifestar su rechazo a la erradicación forzada de coca, y al mismo tiempo “mostrarle al mundo otra cara de este cultivo ancestral; queremos socializar las infinitas posibilidades que Nasa Esh ofrece a las comunidades como alternativa gastronómica, económica y de soberanía alimentaria”.

El Festival se desarrollará entre el 19 y el 21 de junio en el territorio indígena de Cerro Tijeras, al norte del departamento del Cauca, y puede asistir todo el que quiera. De momento, es de esperar que el evento reciba bastante atención de la prensa y la opinión pública para que se difunda lo más ampliamente posible la información de que la coca no es cocaína y de que la coca tiene múltiples usos para el consumo de los cuales pueden sacarse enormes beneficios económicos. Beneficios que tanto necesitan las comunidades campesinas e indígenas. Y para que la gente no se asuste la próxima vez que alguien le ofrezca un té, o una torta, o un vino de coca porque será como tomar una taza de earl grey o beberse un vaso de sidra.

Amira Armenta

¿La responsabilidad de quién?

Photograph PR The Guardian

Comentario a propósito de la exposición fotográfica “Shared Responsibility” que está promocionando la Vicepresidencia de Colombia en Europa para llamar la atención en ese continente sobre el perjuicio que causa la producción de drogas en el medio ambiente.

 La Vicepresidencia de la República está promocionando una campaña antidrogas en Europa titulada “Shared Responsibility” (Responsabilidad compartida). La idea es que, por medio de fotografías que muestran el desastroso impacto de la producción de coca sobre el medio ambiente, los europeos se sientan también un poquito responsables y lo piensen dos veces la próxima vez que se les ocurra comprar unas rayas de cocaína. Entre otras cosas, porque esa raya de cocaína de apariencia tan inocente, habría sido producida a costa de la pérdida de un par de hectáreas de bosques colombianos.

Aunque nadie pondría en duda las buenas intenciones de la Vicepresidencia de la República, el mensaje final de esta campaña de ‘concientización’ de los europeos –la muestra viajará por diferentes ciudades de Europa a lo largo del año- es bastante más problemático de lo que a primera vista parece. La campaña termina en realidad culpabilizando de la tragedia ambiental, -lo que llama un ‘ecocidio’- al eslabón más débil de la cadena de las drogas, el campesino productor, mientras ignora completamente la complejidad del tema y las consecuencias nefastas (entre las cuales este ‘ecocidio’) que han derivado directa o indirectamente de las absurdas políticas de drogas que se aplican en Colombia. Read more »

Los ‘éxitos’ de la guerra

Foto El EspectadorEn el tema de la solución al conflicto colombiano se expresan básicamente tres tendencias. La que piensa que lo que se necesita es más guerra; la que por el contrario piensa que el problema es la guerra y lo que urge es más desarrollo, y la que propone una combinación de ambas cosas. En este artículo intento hacer una reflexión sobre la primera.

A pesar de las numerosas críticas que se hacen desde la comunidad internacional al gobierno del presidente Uribe debido a los frecuentes escándalos que han acompañado su administración, hay un punto que no pocos (pues no solamente el gobierno estadounidense) insisten en reconocerle a favor: el éxito del enfoque militarista de la ‘seguridad democrática’. Read more »

Erradicación y conflicto en Colombia

Foto EFEMientras el campesino cocalero sea tratado como un delincuente seguirá bloqueado el camino hacia la paz en el campo colombiano

 

Aunque cada vez se erradica más coca la producción se mantiene. Según el último informe anual de la Junta Internacional para la Fiscalización de Estupefacientes JIFE, cada vez se erradica más coca en Suramérica, no obstante lo cual la superficie total sembrada de arbustos de coca se mantiene estable en la región, así como también se mantiene estable la producción total de cocaína en toneladas métricas. En el caso específico de Colombia, en 2006 se erradicó un 23% más que en 2005. En 2007 se erradicó más que en 2006[1]. En 2008 se planea erradicar más que en 2007. De no producirse algún tipo de cambio en esta política, probablemente en 2009 se erradicará más que en 2008. Y así sucesivamente.

Se ha dicho ya innumerables veces: mientras los programas de erradicación de cultivos ilícitos no se realicen de manera gradual y en un marco de concertación con las comunidades campesinas involucradas, estarán condenados al fracaso, como lo demuestran las varias décadas de erradicación forzada practicada en Colombia y los países andinos.  Read more »

Las conclusiones del zar

John Walters, el zar de las drogas en EEUU, anunció hace unos días que durante 2007, el tráfico de cocaína había crecido en un 40 por ciento en el hemisferio occidental. ¡40 POR CIENTO! ¿No es eso mucho para alguien que insiste en decir que está ganando la guerra a las drogas?

Para el zar Walters, la respuesta a esto depende de cómo se vea la situación. Read more »